¿Quién vive en el Cortijo Miraflores?

Si caminas por el barrio de Miraflores, bien por la calle José Luis Morales y Marín, bien por la calle San Pedro Alcántara, es inevitable toparse con el caserón. Sacado de otro tiempo—concretamente 1704—, el Cortijo ha visto casi inquebrantable escribirse la biografía del barrio, apagarse el verde y engordar el gris del hormigón que ha ido levantándose a su alrededor en el inevitable crecimiento de una ciudad que iba sustituyendo los muelles de pesca por hoteles y restaurantes.

Antes de ser célebre como domicilio de preadolescentes de dudosa vitalidad y rebautizarse con el actual nombre en el siglo XIX, fue conocido como Cortijo del Prado de San Francisco cuando D. Tomás Domínguez lo construyó sobre una antigua casa de labor. Desde aquel tiempo, la finca concebida como explotación agrícola (azúcar y aceite principalmente) ha ido sufriendo distintas modificaciones dependiendo de las manos en las que fuera cayendo hasta que en 2001 el Ayuntamiento de Marbella lo renovara y empleara como centro cultural. Museo, salsa de exposiciones, biblioteca… el lugar se convirtió en un trasiego de gente y claro, ella ya tenía con quien jugar.

La mayoría de las personas lucimos orgullosos nuestro escepticismo parapetados en la máxima de que la ciencia ya ha devorado todo lo desconocido y que aquello que no pueda explicar no merece la pena ser tomado en serio y pasa automáticamente al cajón de la superchería. Pero lo cierto es que en materia de apariciones basta un solo episodio, un solo encontronazo con lo incomprensible para que toda nuestra férrea certidumbre se quiebre por la mitad.

Esto es lo que le sucedió a un trabajador del ayuntamiento, cuando para su desgracia se convirtió en asistente en primera fila de una de las leyendas urbanas que pululaban por la localidad: el fantasma de la niña del Cortijo Miraflores.

Este trabajador de mediana edad se encontraba en el caserón con un técnico que había viajado desde Madrid para dar una conferencia cuando éste último comenzó a sentirse mal hasta llegar a desplomarse. Ante tal situación, el funcionario intentó pedir auxilio creyendo que se trataba de un infarto cuando la susodicha niña, de entre 7 y 9 años, ataviada con una traje de comunión y luciendo una perfecta materialización brotó de ninguna parte ante el ojiplático hombre. Al intentar pedirle que buscara ayuda, su mano atravesó a la cría que se esfumó vaporosa dejando las convicciones del hombre hechas añicos tras de sí.

Desde entonces diversos testimonios han salido a la luz de personas que han visto u oído a la niña jugar o pedir ayuda para encontrar a sus padres, ensanchando el mito de esta casa cuya huésped parece dispuesta a quedarse. La curiosidad de los aficionados a este tipo de temas no se hizo esperar y ha atraído a numerosos turistas del misterio que buscan tropezar con ella. Nada más inmortal que una buena leyenda.

Iván Bernal