El Streaming: El futuro que llegó

Si tienes más de un par de décadas a tus espaldas, recordarás lo que era abrir el eMule y poner a descargar —a una velocidad que hoy en día nos haría plantearnos el suicidio— la película o el capítulo de la serie de turno. Y es que hace no tanto Internet era conocida únicamente como patio de recreo de la cacareada “piratería”. O comprabas o alquilabas tu DVD físico o izabas tu bandera negra y cebabas tu programa P2P (eMule, Kazaa, uTorrent…) y esperabas varios días, a veces semanas, a tener tu película en dudosa calidad. No entraremos en debates éticos sobre la descarga, pero era un hecho, están eran las alternativas de hace aproximadamente diez años. Entonces llegó Netflix.

Antes de convertirse en servicio de streaming, es decir, la reproducción online de contenidos audiovisuales, Netflix ya revolucionó el mercado del alquiler de películas, hasta entonces reservado para los prácticamente ahora desaparecidos videoclubes. Creada en 1997 en California, Estados Unidos, por Reed Hastings y Marc Randolph, Netflix surgió con la idea de hacer llegar directamente las películas a casa del cliente, eso sí, aún por correo postal. La tecnología de banda ancha por entonces no estaba preparada para poder transmitir a una buena velocidad el contenido vía online, pero la idea germinaba ya en las cabecitas de Reed y Randolph.

No fue hasta 1999 cuando Netflix inició su servicio de suscripción. Diez años después, en 2009, tenía ya 10 millones de suscriptores, en 2015 la cifra llegó a los 60 millones en todo el mundo, en 2016 ya contaba con 90 millones. Actualmente reproduce más de 1000 millones de horas de entretenimiento al mes. Casi nada.

¿Cuál era su secreto? Muy fácil, comodidad y economía. Su servicio ofrecía centenares de títulos para ver online por menos de lo que costaba al consumidor comprar una película en DVD, por no hablar de evitar el desplazamiento a la tienda. El futuro había llegado para competir contra su verdadero rival, las descargas ilegales. Como dijo su propio presidente: “La gente puede beber agua del grifo pero la sigue comprando embotellada”.

Pero tranquilos, la compañía no nos ha pagado por hacerles publicidad. Aunque Netflix supera con creces el mercado tradicional del DVD o la televisión, no es un sistema perfecto, de hecho podríamos decir que es un modelo que sigue un paso por detrás de las descargas ilegales en algunos aspectos, principalmente en lo referente al calendario.

Me explico, en Netflix tenemos a nuestro alcance centenares de películas y series a golpe de click por un precio más que razonable —baratísimo como hemos dicho si lo comparamos con la compra cine y series en cualquier tienda— pero sigue ofreciéndonos su contenido meses después de su salida original. Es decir, mañana se emite un capítulo de la serie a la que estás enganchado y por métodos menos lícitos podrás verlo al otro día, mientras que con un servicio de streaming tendrás que esperar varios meses tras acabar la temporada para poder echarle el guante.

Lo que es patente es que el modelo funciona, y si no que se lo digan a HBO, Amazon, Hulu, Wuaki, Filmin y demás plataformas que se han sumado como alternativa a Netflix. De hecho, algunas de estas plataformas han comenzado a ejercer como productoras propias, creando sus propios contenidos.

El futuro llegó y se convirtió en presente. Esperemos que no se conformen con ello.